
N o sé si se han fijado (y en realidad espero que no lo hayan hecho) pero en su cuello, no justo al centro, sino un par de coordenadas a la izquierda, hay un lunar. Mucha gente usa el tópico de hablar de lunares, los convierten en poesía e incluso están empeñados en caminar sobre ellos. Como si se pudiera. A mi no me hace falta caminar sobre ellos, ni siquiera sé si tiene más, ni dónde están. Pero sé que ese lunar en concreto a veces me habla. A veces está claro como sus ojos, a veces oscuro como nuestras intenciones. En los días más grises me dice que apoye mi mejilla en él, que no lo deje solo. Otras veces dice que lo bese, y yo no puedo evitarlo, y le hago caso. Muchas veces se da cuenta de que mi corazón se enfría, mi temperatura corporal baja, me entra el miedo a perder(me), y empiezo a exhalar tantos adiós como respiraciones tengo. Entonces me acurruca, me pasa la pierna por encima y me dice...