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Mostrando entradas de agosto, 2015

1-1-2

Inauguraste en mi un hospital lleno de heridas
y de pacientes convalecientes
que se debatían entre la vida y la muerte.

Abriste mi sala de urgencias con más urgencia de la que se haya en su nombre,
rompiste la puerta
entraste a corazón abierto y ni te diste la vuelta para admirar
los pedazos resquebrajados que dejaste en el suelo.

Pi. Pi. Pi. Pi.
Electrocardiograma con montañas más altas que las que salté por ti.
Pi. Pi. Pi. Pi.
No deja de pitar. Su sonido se te mete dentro y entonces dices
que oyes mi corazón contra tu pecho.

Estás ahí, en la sala de espera.
Sabiendo que serás la primera en pasar a verme
aunque a ti sólo te importa ser la última.
Sabiendo que me insuflaste esperanza entrando en mi hospital en ruinas.

Sabiendo,
a ciencia cierta,
que romperme es otra forma de darme vida.



Tenía la página en blanco con la intención de escribir algo profundo, que llegue, que toque corazones y que libre de eutanasias. Pero no se me ocurre nada. Nada profundo, ni siquiera mínimamente superficial. Sólo me ha venido a la mente pensar en ti, y seguido de eso un pensamiento que se ha vuelto en mi verdad más universal al menos en el día de hoy:
Para lo pequeña que eres no sé cómo caben dentro de ti tantas murallas.

¿Puedo llamarte karma?

Imagen
Dormías tan tranquila que tu cuerpo parecía una segunda cama. El pelo te tapaba la cara y lo único que pensaban mis manos era: quítaselo, quítaselo; una excusa que corroía el eco de la habitación. No había abierto la boca y ya te estabas despertando. No sé si oíste mis pensamientos, tendré que aprender a callarlos. El momento se fue desvaneciendo, como se desvanecen las cosas que no quieres que desaparezcan. (Me) abriste los ojos, te levantaste. Aún no sé en qué orden. Y pensé que nunca había visto tu culo tan desnudo, ni tu alma tan tapada hasta las trancas. 
Dije algo sin sentido, en ese tono en que se dicen las cosas verdaderas: bajito, murmurando.  No quería que ese momento durara para siempre. Porque sé que las mejores cosas no lo hacen.  Pero las mejores personas sí.
Yo, que no soy dueña de las palabras y que aun así las invoco para escribir, nunca tendré el valor para decir en alto todo aquello que (te) escribo.
Que eres para mayores de 18. Para mayores de 18 corazones… que co…
Deja de mirarme como si estuviera loca, que ya te he confesado entre gemidos que la única razón por la que podría enamorarme de ti es porque estás rota.
Que no, que no es por tus andares, dando saltitos de niña sobre cada trozo de escarcha que dejas tras tu paso.
Que tampoco es por cómo te colocas el fleco, ni por cómo me miras a través de el, con esa media sonrisa que llega hasta tus ojos pero que no los llega a hacer brillar.
Que no, que no es por haber removido mi orden, ni por haberme dado risas con forma de canciones.
Que no es por haberme sacado de mis casillas ni por haberme empotrado contra ellas.
Que tampoco es porque no me des ni cal ni arena, y aún así me hagas sentir la persona más completa del mundo.
Que no, que dejes de preguntarme si me gustas. Que (no) me vas a gustar.  Que rozas demasiado mi perfección, que no quiero curarte el pasado  ni romperte los esquemas de tu futuro.
Que no, que me estoy mintiendo. Que sí, que me es más fácil así. Que sí, que prefiero mentirme…